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Las llaves de todas las casas

Empieza –menos mal– a llover en octubre. Frente a la ventana de esta casa hay una chica argentina que habla por teléfono 3 horas diarias. He conocido a un panadero que era un actor de teleseries españolas de los dosmiles. En la intersección entre San Bernabé y Calle de la Ventosa hay una chica que está teniendo que gastar energía en decirle en alto a un chico (aparentemente su novio) una muy buena obviedad: “Cuando me preguntan a mí, me están preguntando a mí. Me preguntan a mí. Te tiene que quedar claro. Es a mí.” Lo locuaz de la repetición sintáctica es tan musical como terrible es la estructuralidad de la situación. Cien metros adelante hay un hombre bajando al perro en el parque, pero ha empezado a llover y los árboles ya habían acumulado suficiente agua en sus hojas que ahora caen sin permiso sobre sus hombros. Un periódico sobre su cabeza reposa ya chorreante al final de su nuca. Es la portada de El País de ayer, “Lo que a todos afecta solo puede ser decidido por todos”. Un hombre sacando a cagar a su perro para protegerse ha decidido taparse con un montón de mierda.

Esta mierda.

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He encadenado 3 fines de semana seguidos de viajes y cansancio. ¿Hay algo más estúpido que estar muy cansado y no parar a descansar?

Este último en A Coruña, con mucha gente bonita hablando de un montón de cosas impostergables e irresolubles. La cuestión catalana es una rémora para pensar casi cualquier cosa de las que tocan pensar hoy día. Al menos de las cosas colectivas a pensar. De el fin de semana saco tres cosas bastante claras:

1. Me aburre la gente que lo tiene todo clarísimo todo el rato.
2. No estoy siendo capaz de reprimir ciertas cosas.
3. Que el futuro es solo un concepto que usamos indiscriminadamente para evadir el marrón colectivo que tenemos entre manos hoy.

Me ha salido la cosa de leer lo que he escrito hace tiempo como mecanismo que sirvió para poco en su día pero que es útil hoy. Me he dado cuenta que a veces escribir lo uso como método para decirle a alguien todo lo que no me atrevo a decirle a ese alguien. Y que lo acabo publicando en Twitter con la esperanza de que se tope con el enlace. Un mecanismo de evasión de la responsabilidad bastante loco, pero bueno, hagamos como que existe el derecho a la cobardía, muy necesario en estos tiempos de hombres de “hay que ser valientes”. Me sale pues reformular una serie de cosas incontestables, que es algo que ya escribí pero que hay que revisar de vez en cuando porque, bueno, porque la gente cambia.

Los 31 son bastante peores que los 30. Los 31 son como los 30 pero dándote cuenta que tienes que decidir. Y que la libertad radica un poco en la elección a veces. Y que si quieres seguir siendo libre lo mejor es no elegir. Me he vuelto más sincericida de lo que pensaba. Fantaseo con que un día por la calle me pare un director o directora de cine y me diga “Eres la persona que estaba buscando”. Cuando estoy jodido utilizo el sarcasmo y la sátira como mecanismo para mostrar (o esconder) lo tremendamente vulnerable que soy. Afronto las relaciones no como algo que hagan la vida fácil, sino como algo que la hacen posible. Creo que el timing es una cosa tremendamente determinista. Fuck the timing, también os lo digo. Considero mejor una mañana de aturdimiento que una noche de soledad. Priorizo la comodidad al frío. No soy capaz de gestionar dos emociones al mismo tiempo. Puedo vivir sin cine pero no sin música. Tiendo a gestionar los otoños como el verano y siempre, SIEMPRE, me pongo malo. Hace mucho que no edito un vídeo y eso me parece mal. Me parece de mala educación que allí donde el corazón o la piel está diciendo algo la cabeza venga a contradecirlo. Me siguen gustando tanto las pizzas que nunca rechazaría una. Me molesta mucho la semántica belicista y de lucha para hablar de enfermedades. Blade Runner me sigue gustando tanto como hace años. La segunda parte no la he entendido muy bien. Sigo sin emparejar los calcetines. Rara vez releo lo que escribo en la agenda en una charla o una asamblea. Considero a Barcelona estructuralmente mi segunda ciudad. Pienso que tiene tirando a poco sentido todo lo que estoy escribiendo y en realidad me complica la cosa esta de darle a publicar. Fantasear con historias de amor es probablemente mi principal error de romántico teenager. Soy más teenager de lo que me gustaría pero creo que lo llevo con estilo. De un tiempo a esta parte estoy desarrollando una fuerte vergüenza de género. Del mío. Me gusta pintarme los ojos a veces para salir por ahí. Me encantan los videojuegos y tengo un verdadero problema con esa cuestión de clase que los infantiliza. La gente más inteligente que he conocido en la vida o ha leído muchos libros o juega mucho a videojuegos desde muy pequeña. Tengo dos colegas que son la fidelidad en persona y me lo han demostrado ya DOS VECES. Me da miedo el dolor pero no la muerte. Tengo miedo, terror, pánico-SOCORROFATALMAL a volverme un cínico reaccionario con la edad y acabar votando al PP. Me flipa, sorprendentemente, pasear. Cuando estoy de viaje en un encuentro con grupos grandes de gente de varias nacionalidades huyo de el grupo territorial que se me presupone (españoles, madrileños, elquesea). Estoy todo el rato comparando y tiendo a hacer ejercicios jodidos cuando tengo que elegir para no quedarme sin nada. Le tengo cariño a Tutti-Frutti, una heladería madrileña en la Cuesta de San Vicente en la que mis padres comían helados cuando eran novios. Tip: El mejor es el de turrón. Nights in White Satin, es una canción de Moody Blues que me hace llorar inmediatamente. Considero algo a reconocer el mérito de masturbarse con la imaginación o los recuerdos en lugar de con Pornhub. Durante el 80,64% de mi vida (lo he calculado) me he considerado más feo que guapo. Hoy me considero guapo pero mi aprendizaje es de feo y abordo cualquier situación erótica con la misma vergüenza que entonces. Si no has sido feo o fea no sabes de qué vergüenza hablo. En mi cumpleaños, el día de reyes y navidad lo paso fatal. Cuando soy terriblemente incisivo y sinvergüenza con gente que acabo de conocer (y proyecto que podrían ser mis amigas de habernos conocido antes) acaban siendo muy buenos amigos y amigas. Me quiero menos de lo que me han querido. Tengo en mi llavero las llaves de cinco casas diferentes y las confundo indistintamente. Todo va a salir bien. Este blog es completamente inútil y me da bastante igual.

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Un día normal

Ayer me desperté pronto, como a las 6:50 de la mañana. Me despertó el viruji mañanero y un compañero de piso más madrugador que yo. El día se planteaba emocionante desde primera hora de la mañana. Voy a la cocina a prepararme café, pero al cartón de leche le queda lo justo para un cortado. Trato de buscar un segundo cartón pero no hay y tampoco existe ningún lugar abierto para hacerme con él. Lo que queda de leche no da para un café con leche y menos aún si tomas como yo descafeinado “de sobre” (bueno, no es “de sobre” pero la expresión “de sobre” es más agradecida aunque este venga en un bote de plástico del Día). Total, que o me hago un cortado con café malo y barato o no tomo nada. Y a mí no me gustan los cortados: punto para el día.

Enchufo la SER y me leo el clipping mientras escucho a Pepa Bueno presentar alguna cosa sin mucho sentido que caerá al gran cajón de la opinión pública y los cambios sociales que tarda como decenios en llenarse. Y me acuerdo por el camino que detrás de esos 10 segundos en la ristra de titulares hay una compañera que ha echado cientos de horas de trabajo. Y que el capitalismo, el muy mierda, sigue ahí, en su puto sitio.
No llevo ni 10 minutos levantado y el día ya me ha demostrado un par de veces que me preocupo por capricho: punto para el día.

Entre la noticia de algún escándalo de corrupción y el siguiente capítulo de Canción de España y Catalunya, me piro a la calle y trato de pillar un Bicimad. Quedan 5 bicis desde que soy capaz de ver la estación. Una está reservada, en rojo. Y hay dos personas 15 metros más cerca que yo que se acercan PELIGROSAMENTE a la estación.
Para cuando llego quedan 2, una rota, y otra de las miles (las que su numeración es del tipo 1XXX, las primeras que pusieron vaya) que siempre las trato de evitar porque bueno, soy así de pijo. Para cuando me he querido dar cuenta han pasado 5 minutos y estoy llamando al 010 para que me saquen la bici o hagan loqueseaquetenganquehacerporquelabicinosale: punto para el día.

Llego al curro y me he dejado el tabaco en casa y no funciona internet. Aquí no voy a darle muchas más vueltas: punto para el día.

A media mañana hablo con mi padre que tiene una de las más maravillosas habilidades que he visto en esta vida: no preocuparse ya más nada. Da igual que le cuente que desde hace dos días estoy jodido físicamente por una buena hostia, que estoy pasando un mal momento o que me quedan vacaciones y no sé qué hacer con ellas. Da igual. Fue capaz de soltarme (#truefact) por el grupo de whatsapp donde estoy con él y mis hermanos un “pues sí que estás apañao”. Ahí pego un pequeño brinco de la silla que no da ni para que se separe el culo del asiento y un puchero bastante fake (en plan “oye papá, casito” mientras frunzo el ceño) que en segundos se me pasa porque como con mi padre me he comido las mierdas más grandes ever y las hemos pasado juntos, muy juntos, pues todo bien: punto para mí.

Elipis temporal: siete horas y 17 mediocridades más tarde…

Me duele la espalda un carajo. Me llama mi abogado para decirme que tengo juicio este mismo jueves de una cosa que denuncié hace 4 años y medio y que probablemente haya prescrito y haya perdido ya. No paro de darle vueltas a mis secretos. No sé bien si al salir de casa he cerrado la nevera. En mi llavero tengo llaves de 5 casas diferentes que confundo indistintamente. He acometido varios sincericidios en menos de dos semanas (Total, si las emociones me hicieran actuar racionalmente, no se llamarían emociones). Mi padre padece algún sucedáneo loquísimo de ataraxia (cosa normal por otra parte en una persona que ha perdido, DOS VECES -hay que joderse-, a la persona que más quería y con la que compartía su vida). Todo parece indicar que las cosas no van bien y a mí, que el día ha decidido darme la espalda, solo me sale devolverle una sonrisa (hay que seguir fuertemente el precepto de estar a favor de las cosas buenas y en contra de las putas mierdas)

Sé también que, me debería dar vergüenza estar así, con esta estructura que va y viene, pero me da un poco igual porque bueno, porque sí, porque sé que me preocupo porque estoy vivo, porque si estuviera muerto no me preocuparía.

También me he dado cuenta de la cantidad de problemas que soy capaz de solucionar con un cartón de leche. Es bastante alucinante.

Así que hablo con mi padre. Le digo que le quiero mucho, que no se olvide de eso. Compro leche o el café ya directamente. Pienso en gente. Hablo con varias periodistas y les doy la mejor de mis versiones, y me recuerdo que yo todo esto ya me lo sé. Que la tristeza puede ser muy real, sí, pero que el bloqueo es una elección. Con todo y eso, a las cantidades de tristeza normal, razonable y diaria yo en esta fase le pongo un poco de performance (porque sí, porque me las gasto así), como para asegurarme de que las mierdecitas salen fuera. Como cuando te has pillado un mal pedo de algún licor muy dulce en algún arrebato súper teenager y vomitas y te metes los dedos para vomitar más y que salga todo pero ya solo das arcadas y no sale ya más nada. Pues así.

Total, que son las 22:35 y sigo vivo. Punto, set y partido para mí.

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Periodismo

Periodistas de “El periodismo son los periodistas”

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Esta semana el Ayuntamiento de Madrid ha lanzado una página web que se llama MadridVO (Madrid en Versión Original) que ha producido mucho revuelo entre algunos sectores del periodismo y de cierta parte de la vida política de la ciudad.

El problema, señalan, es que tiene “un ligero tufo a censura”. Vamos a contar una historia en teletipos, así como se hace en el PE RIO DIS MO.

Periodistas afirman que nunca se ha publicado nada que sea mentira.

Algunos medios nacionales sostienen que nunca se ha publicado nada que sea erróneo.

Grupos Editoriales denuncian que “Nunca los intereses de un medio han estado por delante de los hechos objetivables”

Cientos de columnistas opinan que nunca se ha vendido como información algo que sea opinión.

MadridVO aporta un canal más, una herramienta más, otro lugar para completar la conversación. Hasta hoy, las rectificaciones a medios se han producido de siempre. El actor o sujeto que pensaba que una información era errónea llamaba al medio o al periodista en cuestión para señalar la errata. Me pregunto entonces, ¿cuál es entonces el problema al hacer eso de forma pública?

La conversación sobre cómo se producen las noticias ha sido hasta entonces coto de los sujetos partícipes de la misma pero nunca esa conversación ha sido pública: ¿cómo entonces se puede tildar de censura algo que aporta más información sobre ese proceso de producción de noticias? ¿cómo puede atentar contra la libertad de información algo que aporta más información? ¿cómo más puede ser menos?

Siempre me llamó mucho la atención el uso de la expresión “Las nuevas tecnologías”. Algo que empezó en, no sé, ¿1990? y muchos a día de hoy siguen usándola. Pensar que la producción y distribución de noticias y contenidos no se ha visto atravesada (ni debe, según algunos) por la descentralización que propone la red es, en mi opinión, pelín naiv.

Debería ser de agrado para todos (instituciones, medios y ciudadanía) que existan lugares que completan, suman y protegen el derecho a la información completando ese collage informativo que ayude a cada uno y cada una a formarse una opinión con el máximo de datos sobre el contenedor y el contenido posibles. En el fondo creo que, con tiempo, se agradecerán canales y herramientas de este tipo que pulan todo ese ecosistema imperfecto que algunos llaman cuarto poder.

Me gustaría que, aquellos de “El periodismo son los periodistas”, que suelen coincidir con los de “Las nuevas tecnologías”, viajaran ya desde 1990 y se vinieran con nosotros a 2015, donde la conversación es en red, donde se pierde la linealidad del paradigma emisor – receptor, donde existen mil aristas que producen sentido común, donde se respeta que (y si la entendemos la información y el periodismo como un servicio público) sus usuarios finales puedan tener la conversación completa. Transparencia también es eso.

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El cementerio de las corbatas perdidas.

Captura de pantalla 2015-06-20 a las 18.48.46O de cómo en una semana de trabajo dentro del Ayuntamiento de Madrid, cualquier personita normal puede ver una contrahecha cultural ahí dentro pensada para generar humanos-casta.

Sonrisas por doquier, protocolo que roza el delirio cuando alguien te trae una bandeja de plata llena de vasos de agua con una rodajita de limón que tú no habías pedido. Personas que, en ese desconocimiento sobre quién eres (o cuánto poder atesoras en términos verticales) te tratan como si fueses un robot. No es culpa de esta gente, no, es culpa de 25 años de gobierno pensados para hacer que los representantes sean gente que mira por encima del hombro todo el rato.

Policías que te hacen la pelota. ¡Policías!
Secretarios y secretarias que piensan que su trabajo puede estar en peligro porque tarden más de un minuto en darte una clave de un WiFi que no encuentras.

“¡Oigan! ¡Basta! ¡Que tengo habilidades cognitivas! ¡Que puedo andar!” A veces me dan ganas de gritar eso al aire, de gritar eso y de que se den cuenta que lo que hay son ganas de trabajar y de cambiar esa deriva loca que hay instalada ahí dentro por la deriva de las personas normales no-robots.

Porque la política también puede ir de decir una chorrada, o de beber agua del canal de Isabel II que está buenísima. Que no son necesarias esas miles de botellitas de agua.

Salas enormes vacías, techos de 6 metros de alto, silencios que apabullan, pasillos kilométricos que te dejan sólo escuchando el tac-tac de tus zapatos al pisar la tarima esa son cosas que te marean. Por ello es TAN JODIDAMENTE NECESARIO rodearse de un afuera que esté permanentemente bajándote los pies al suelo y dándote collejas. Porque ese sitio está pensado en una dinámica que te aleja de lo normal.

Porque necesitamos el CAC (Comando Anti-Corbatas).

Ea.

Ya me he desahogado.

Seguimos.

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Un día cualquiera.

Buenos días! √√

buenos días 🙂 √

Buen día! ❤ √√

Alguien se ha despertado ya y ayer no pusiste el móvil en silencio. Tres ‘beeps’ diferentes se juntan en el mismo esmárfon y no sabes muy bien por cuál empezar. Otro alguien tiene un skype a esa misma hora. Va saliendo el agua caliente en la ducha al mismo tiempo que termina la cafetera. Alguien hoy tiene prisa. Alguien hoy ha pensado que todo va a salir bien. Ese mismo alguien ayer lo veía de otro modo. El plan para hoy es sencillo: reunión, asamblea, reu, comida y plenario. Si llegas a la cena pues oye, mira, ni tan mal.

Hacer planes como algo que te mantiene alerta es una buena estrategia sí o sólo sí tus condiciones materiales (o emocionales) te permiten verte más allá de pasado mañana. De otra manera es vivir un futuro raro como palabra que no te deja muy bien vivir los ‘ahoras’. El presente cada vez va más rápido que tú y te mete en una sensación doble en la que o hay que correr más o es que las cosas van a cámara lenta. Ambas dan vértigo. Marean. Y en esos ‘ahoras’ que no te dejas vivir bien hay un montón de detalles que se pierden. Es un poco como la nostalgia de todas las oportunidades que sabes que vas a ir perdiendo, que vas a dejar pasar, que vas a evitar, e incluso aquellas que nunca vas a tener más que nada porque no hay tiempo para la oportunidad. Entre esa reu y esa asamblea hay una comida con alguien, un café con otro alguien, hay que recoger un par de cosas en alguna librería, llamar a la gente que quieres (¡Llamar!) e igual te apetece fumarte un cigarro tran-qui-la-men-te. Y así, una charla a la que no llegaste, una comida que se aplazó, una asamblea que nunca tuvo lugar, un rato para ti que no encontraste, un libro que no empezaste, un curro que no te salió, un despertador que sonó demasiado pronto y una cita que nunca empezó. Meanwhile, en el Mundo Real™, alguien tuvo un desencuentro, o un encuentro, una noche reloca, tres turnos de barra, dos conciertos, un rato en el que todo se torció y mil miradas que lo molan todo.

En un rato suelto miras la cuenta del banco y todo sigue igual. Una amiga te ha prestado dinero. Tus padres te han prestado dinero y tus amigos te están invitando a las cañas casi a diario en un ejercicio de comunalización de la miseria bastante épico. Y eso también es cuidarse.

Hoy has encontrado la ilusión en tres pequeñas chorradas, dos personas con las que no hablabas hace mucho, un ‘te quiero’ a destiempo y el estreno de la segunda parte de una peli de uno de de tus directores favoritos. Y es el cumple de alguien, eso también. Esos detallitos son clave 🙂

En este mundo de saturación de información la clave es saber poner el foco. Yo apuesto por ponerlo ahí, en los detallitos DEL BIEN.

A media tarde la confluencia se va aclarando, se han alineado tres o cuatro factores y has encontrado la confianza en ti que hace que te diviertas y sabes que con diversión puede ganarse todo. Y que hay cosas más allá. Y quedas con alguien con quien hace no que no quedabas mucho tiempo y encuentras algo de motivación en contar en todo-eso-en-lo-questás sin saber muy bien qué es o qué va a ser mañana. Te proyectas un poco en la propia forma en la que te cuentas y son esos momentos en los que te das cuenta un poco y te asimilas y te masticas y te ves en la vida. Porque eso de estar en procesos colectivos que requieren de cientos de horas de ti es como para respetarte, darte espacio y un respiro.

Cuando te quieres dar cuenta es así como de noche porque en los vértigos el día dura poco. Te vas a acostar con la sensación de que estás haciendo las cosas bien. Son casi las dos de la mañana y te has puesto una película que no requiere mucho pensar o que igual ya hayas visto para dormirte más fácilmente. Los ojos se te van cerrando y antes de empezar la fase rem te das cuenta que la vida es eso que pasa entre que abres un pad y creas una nueva cuenta de twitter pero los ojos se están cerrando y mañana igual ni te acuerdas.

Buenos días √√

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Una serie de hechos incontenstables.

No sé hacer facturas y creo que estoy haciendo algo mal. No me informo de ello como mecanismo de evasión de la responsabilidad. Rara vez consigo dormir dos días seguidos el mismo número de horas. Ni en el mismo intervalo de tiempo. Me gusta cocinar sólo. Me gusta leer entre dos. Soy capaz de empezar mil cosas a la vez. La gente a la que más quiero sabe que memorizo cifras sin querer y que si me gusta una canción pueda escucharla repetidamente sin parar durante días. Todos los días me acuerdo de mi madre. Fui ‘Tío’ a los 18. Tengo dos sobrinas y un sobrino en camino. Mi plato favorito es el cocido madrileño. A veces tengo envidia. Cuando tengo dinero me lo gasto MUY MUY rápido. Convivo con la precariedad emocional desde los 22. A veces me enamoro. Odio las fotografías en vertical. Los platos del IKEA me dan dentera. Durante años he usado a ‘Eternal Sunshine of the Spotless Mind ‘ como mi brújula moral. Me considero bastante bocazas. Creo que mi capacidad para darlo todo por lo que sea es uno de mis mayores defectos. Nunca rechazo una pizza. Sólo me acuesto con gente que me cae bien. Todas mis camisetas son de un solo color y si un pantalón me gusta me lo compro dos veces. Suelo tener miedo a no volver a encontrar las cosas que me gustan. Siempre me ducho por las mañanas (si no, tirito). Nunca me he encontrado dinero. Cuando viajo tengo mala suerte. No tengo mucha confianza en mí ni estoy necesariamente de acuerdo con todo lo que digo. Me gustan mucho los códigos. Me gusta el blanco y negro. Considero la seguridad tan corrosiva como las dudas. He visto Regreso al Futuro 2 más de 300 veces. Mi película favorita es la ciencia ficción. Me cuesta reconocer que he fracasado. El olor a ‘tierra mojada’ ese de llovizna de verano me flipa. Hablo sin pensar y suelo arrepentirme muy rápido. Se me hacen muy difícil los cambios y tardo en dar el paso de aceptarlos. ‘Llevar capa no garantiza volar‘ es mi frase brújula. Esa y ‘Después del uno va el dos‘. Me gusta mucho programar y hace mucho que no lo hago. Me gustan las cajas. Las cosas que guardo en los sitios de guardar cosas están ahí porque me recuerdan etapas, personas o procesos. Se me hace muy difícil deshacerme de lo que sea porque todo puede recordarme a algo en un futuro. La gente que no empareja los calcetines me genera más confianza. Y la que lee comics. Y la que escucha a los Pixies. Me da mucho miedo ir al médico. Me relaja muchísimo ordenar la ropa. Tengo manía por que el orden sea geométricamente responsable. Uso suavizante si me acuerdo. Lo que uso como agenda lo uso como diario, lugar para hacer la lista de la compra o donde coger turnos de palabra o actas para una asamblea. Llevo anillos para hacerlos chocar y poder imitar la percusión de las canciones que escucho cuando voy por la calle. En su día me drogué bastante. Me encanta el café aunque me ponga nervioso. Mis placeres de la vida son follar, comer, viajar y conocer gente. Creo que vamos a ganar.  Y que todo va a salir bien. Desde hace meses soy incapaz de imaginarme más allá de dentro de una semana. Odio los currículum y la academia en general. No me gustan los grises. Tengo letra de niño pequeño. Me gusta la sensación del frío de las sábanas en invierno. Sólo sé dos idiomas. Evidentemente, no sé volar pero creo que planeo con estilo.

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Llevar capa no garantiza volar.

Tercer domingo de enero. En la periferia del centro alguien celebra un cumpleaños. A escasos metros de allí una joven mira su cuenta bancaria y todo parece seguir igual. Una tercera persona abre su agenda: de aquí a final de mes tiene dos plenarios de varios proyectos cooperativos. Mientras se asoma a la ventana ve a un vecino tender la ropa. Bajo el tendero una especie de tallín con una vela dentro. Tengo que editar un par de vídeos de aquí al jueves. Es día 18 y las cuentas no salen del todo. Un joven se ha encendido un cigarro dentro de un bar en lavapiés. Un grupo de cinco alemanes está de compras por Gran Vía. Hoy ya nadie pida cosas en Preciados.

En un ritual que repito varias veces a lo largo del año me he vuelto a ver la trilogía de Regreso al Futuro. Estoy, a la vez, haciendo una segunda vuelta a Six Feet Under. Acabo de terminar por segunda vez ‘La insoportable levedad del ser’. La semana de las segundas veces.

El mundo del póker. La vida. El futuro ya no es lo que era peña. Básicamente porque, como decía Brenda en A dos metros bajo tierra, el futuro es un foquin concepto al que nos agarramos para no dejarnos vivir ‘los ahoras’.

Después de el uno va el dos. Y luego ese dos se convierte en otro uno.

El 2015 es un poco el año de los unos. Nos sobran cartas en la baraja. All in al uno. Al aquí y al ahora. Pero all in.

Emmet Brown, (aka Doc), dice que ‘El futuro no está escrito’ que las únicas que pueden escribir su futuro somos nosotras. Mientras, a 30 metros de allí, en una cama, alguien charla de la velocidad del timing. Todo Regreso al Futuro es un western. Los western se definen western no por el territorio en el que se desarrollan. No es por las montañas de Colorado. Los western son western porque hay un viaje. Y el viaje no necesita explicación, sólo pasajeros. Normalmente, en los viajes, se suele llevar una maleta. Algunas de esas maletas llevan una capa. Son capas para intentar volar. Igual, a veces, ni tan mal. No vas a volar, lo sabes antes de empezar a hacer la maleta, por muy bien que te quede. La capa es una forma de estar. Es como eso que te recuerda que bueno, que igual se puede volar. Y a veces pues saltas, y planeas.

El éxito del viaje, al final, no depende tanto de la capacidad que tengamos de volar o no, si no de la capacidad para planear con tanto estilo que parezca que estamos volando.

Pues eso.

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